Alexis-Vincent-Charles Berbiguier de Terre-Neuve du Thym es uno de esos autores atormentados e incomprendidos que fascinan a los amantes de las leyendas y el misterio, pero que a la vez resulta un desconocido para el gran público. Nació en el año 1764 en Carpentras, aunque pronto buscó una mejor vida, primero en Avignon y finalmente en París. Su vida era aparentemente aburrida, pues trabajó en una oficina de loterías o en un hospicio. Pero nuestro hombre era realmente una persona atormentada, pues creía ser perseguido constantemente por unos duendes que le hacían la vida imposible. Estos recibían el nombre de farfadets, y acompañaron a Berbiguier hasta el fin de sus días.

Los lectores harían bien en preguntarse qué son exactamente los farfadets. Nuestro amigo francés asociaba a los mismos con demonios, unos seres que causaban la desgracia a todo aquel a quien ellos elegían. En su paranoia, Berbiguier creyó que estos seres eran capaces de disfrazarse, adoptando la forma de cualquier persona, incluso sus más allegados. En la mitología francesa tenemos a unas figuras, los lutins, que se identifican con lo que nosotros entendemos por duendes. Dentro de las diversas razas de lutins podemos encontrar a los fadets, una variante de los farfadets en algunas regiones de Francia.

Su nombre significa “espíritu loco” para algunos investigadores, mientras que para otros es una contracción de frère fadets o hermano duende. En el ámbito mitológico se les tiene por seres nocturnos, que salen de sus escondrijos al abrigo de la oscuridad para asustar a los campesinos y gastarles bromas. Puede que Berbiguier oyera historias y cuentos referentes a estos personajes en su niñez, llevándolos posteriormente a convertirse en el centro de su desgraciada vida.

No conocemos en qué momento comenzó la locura, aunque sí que conocemos el año en que sus desventuras quedaron plasmadas en papel. Fue en 1821 cuando aparecieron en París los tres volúmenes de su autobiografía, titulada Los Farfadets o todos los demonios no son del otro mundo, en la que expone toda una suerte de malas experiencias diarias relacionadas con estos seres. Solo Berbiguier parecía verlos, e inventó una serie de términos con los que describir sus acciones, como farfaderizar o farfaderismo. Absolutamente todo lo negativo que acontecía alrededor del francés era inmediatamente atribuido a sus molestos acompañantes, que parecían haberse cebado con él. De hecho, no dudaba en advertir a los lectores de su autobiografía sobre las malas artes de los farfadets:

 

Cuando escuchéis el menor ruido en vuestra casa, encontréis las más insignificantes cosas fuera de sus lugares habituales, sintáis la más ligera incomodidad o la más débil contrariedad sea en el interior o en el exterior de vuestras casas, estad seguros de que todas esas cosas son obras de Belcebú.

Frontispicio del libro de Berbiguier. Toda una rareza para bibliófilos.

Ante tal panorama, no es de extrañar que Berbiguier tratara de deshacerse de ellos de todas las formas posibles e imaginables, aunque nos pudieran resultar absurdas. En su locura, estaba convencido de que sufría una especie de maldición, que debía eliminar a toda costa, pues de lo contrario moriría sin ser libre. Hizo de sí mismo una especie de paladín contra las hordas del infierno, pues los farfadets serían los soldados de Belcebú. Se autodenominó Le fléau des farfadets, el azote de los farfadets. De entre sus estrafalarios métodos, había uno que consistía en pinchar con alfileres un corazón de buey que era hervido posteriormente. Cuando sus brotes de locura llegaban más lejos, cubría todo su cuerpo de alfileres mientras maldecía a sus enemigos, logrando algunas bajas entre sus filas, siempre según su testimonio. Incluso llegó a atrapar a algunos de estos seres previa inundación de alguna estancia de su casa de humo procedente del tabaco, un remedio “antifarfadeano” que dejaba a sus acompañantes aturdidos el tiempo suficiente para ser derrotados.

"¡Por más que te resistas y me muestres las garras, irás al pote con los otros. Canalla. Maldito!"

Al final de su vida, en un desesperado intento por borrar todo rastro de su maldición en la Tierra, Berbiguier trató de conseguir todas las copias de sus obras para destruirlas. Eso, al menos, nos cuenta Guy Bechtel en Los grandes libros misteriosos, donde además nos dice que acabó arruinado y apartado de la sociedad. Todos a su alrededor se olvidaron de él y le tacharon de chiflado sin remedio.

Lo cierto es que Berbiguier jamás logró sacarse este estigma de encima, y el fenómeno jamás remitió. La fecha de su muerte es incierta, pues suele oscilar entre 1834 y 1851, siendo este último año el que suele considerarse como verdadero. Jesús Callejo, en Enigmas literarios, nos cuenta que un tal Jules de la Madeleine aseguraba haber visto al autor en 1860, al que describía como “anciano, sucio, achacoso, con la espalda encorvada, el cuello desviado, la cabeza bamboleante, inclinada de lado, cuyo mentón le rozaba el pecho de tal forma que era imposible verle los ojos”.

Desconocemos la veracidad de este relato, pero sí que sabemos que la autobiografía de Berbiguier se convirtió en una rareza que entusiasmó – y aun despierta curiosidad – a bibliófilos o psiquiatras. Cabe la posibilidad de que el francés inventara toda esta historia, sirviéndonos en bandeja una macabra broma que llevó hasta sus últimas consecuencias. ¿Tomó el papel de víctima y lunático durante toda su vida a propósito? ¿O ciertamente estamos frente a un pobre loco que trató de convencernos de que lo que veía y vivía era cierto? 

Fuentes:

- Bechtel, Guy. Los grandes libros misteriosos, Plaza y Janés, 1977.

- Callejo Cabo, Jesús. Enigmas literarios, Corona Borealis, 2004.