Jeff Koons acababa de levantarse de su asiento con los brazos hacia delante en un impulso de entusiasmo”. El lector busca en su móvil quién es Jeff Koons. Lee un párrafo más y también indaga sobre Damien Hirst. Es el pistoletazo de salida, el nacimiento del arte en el libro. Pronto conoce al verdadero protagonista: Jed Martin, un fotógrafo reconvertido en pintor, o al revés, o a la vez. El principio lo encuentra algo lento, pero no se aburre. Sin previo aviso, unas líneas abren en canal al ser humano, hacen visibles sus miserias. Y por vez primera durante el transcurso de la obra, el lector recurre a un concepto en su cabeza. Naturalidad.

Naturalidad

Poco después descubre que la naturalidad del texto es uno de sus pilares fundacionales, la capacidad de bucear en la escatología, en la muerte y en temas considerados tabú sin escandalizar ni tropezar con lo grotesco. Sin saber bien por qué, recuerda la cita que encabezaba el libro, y vuelve a ella: “El mundo está harto de mí y yo estoy harto de él”. Observa las páginas leídas y calcula que no lleva ni un cuarto del libro y la cita ya ha cumplido su función, englobar el contenido general de la obra.

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Más naturalidad. El lector ahonda con Jed en el mundo del arte, sin pomposidad, sin deseo de grandes respuestas a preguntas que no interesan a nadie. Eso le une a Jed. El viejo Jed, piensa. Con él caminando al lado, se adentra en el mercadeo insultante que rige al arte. Intenta escapar de aquello, tanto el lector como Jed.

Más naturalidad. Conoce a Olga, una mujer rusa descrita por otro personaje como “una de las cinco mujeres más bellas de París”. Gracias a ella, el lector acepta que Jed late, que también es humano, aunque a veces parezca lo contrario. Gracias a ella, el autor explora el amor o algún sentimiento cercano a él, describiendo con precisión, pero sin juzgar. Sin embargo, el viejo Jed se desvanece y la novela se difumina hacia digresiones interesantes, pero que no tocan el corazón del lector. Jed vive, el lector agoniza, entra en una fase en la que le cuesta empatizar con un personaje cada vez más aséptico.

El texto y la realidad

Con el regreso de la naturalidad, esta vez al narrar la situación familiar de Jed, el lector recupera las constantes vitales y vuelve a viajar en el libro. Sube la mirada y redescubre a sus compañeros de autobús, caracterizándolos con facilidad como personajes de Houellebecq. Agudiza el oído, olvidando que no sabe francés, y así pasa unos minutos. El texto se ha superpuesto a la realidad.

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Cuando retoma la lectura, tiene la sensación de estar iniciando de nuevo la novela. El autor recoge asuntos del principio que crean una atmósfera de familiaridad. Recuerda cómo llegó a Houellebecq; en algún sitio leyó o alguien le dijo que tenía cierta conexión con Bukowski, uno de sus escritores favoritos. Aunque la novela le agradaba, esa afirmación tenía muy poco de cierto. Hasta que, de repente, hay un salto en la novela, un punto de calidad inesperado. Aparece Houellebecq en persona, o, mejor dicho, en personaje. Esta parte alegra enormemente al lector, que además de ver el lazo tendido hacia Bukowski, aprecia la apuesta por la metaliteratura. Las páginas se despliegan y el lector abandona su asiento del autobús para volar por un libro transformado en un avión de papel. Es la primera vez, al menos en su vida de lector, que un escritor mejora una obra suya desde dentro.

El escritor sabe utilizar sabiamente su propio personaje, y cada encuentro con él deja al lector con la miel en los labios. Entonces, debe acompañar a Jed de vuelta a la ciudad, a la civilización y al repugnante mercadeo. A estas alturas, el lector ha imbricado su mirada a la de Jed y el éxito o fracaso del personaje son el suyo propio. Después de ser una novela de ideas, de ambientes, tras la aparición del autor en papel evoluciona hacia una obra de personajes. Tal es así, que el lector conoce al padre de Jed en profundidad cuando este se abre ante su hijo como nunca antes lo había hecho. Otra escena imborrable, piensa el lector, mientras levanta los ojos hacia una ladera muy verde, difusa por la velocidad del autobús.

Acelerando el paso

Sin previo aviso, se rompe la linealidad de Jed y el punto de vista gira hacia un personaje recién llegado: el comisario Jasselin, un policía honrado y experto cercano a la jubilación. Como manda el cliché, antes de la retirada, debe afrontar un caso muy especial que le llevara a encontrarse con Jed, al que echamos de menos durante algunas páginas. Debido a un crimen, la reflexión y el ritmo lento por el que ha caminado el lector dan paso a sobresaltos, sorpresas y a un pulso trepidante. El lector imagina una metáfora en su mente: la novela ha sido una carrera de 1500 metros, cauterizada y controlada hasta que se abrió en una hemorragia incontenible. Los ojos abiertos y la sonrisa escéptica para el tramo final. Un final que es un abismo desolador.

Los adioses

Quedan pocos kilómetros para su destino y el lector apura el epílogo, largo, el cual engloba los temas tratados, el cual se despide en un adiós pronunciado lento. El autobús reduce la velocidad mientras a poca distancia le espera ya una estación, mucho más modesta que la de origen. El lector se baja del vehículo, una tristeza descorazonadora le invade y, paradójicamente, la disfruta. Abre sus pulmones con una inspiración grave y finaliza el libro, sentado sobre la acera, riendo con unos agradecimientos finales imperdibles. Pone rumbo a su humilde casa de verano de cuando niño, con una mezcla de sonrisa y pesadumbre. ¿Adiós o regreso?

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