Nacida el 29 de abril de 1936, Alejandra Pizarnik, ruso-judía de nacimiento como sus padres afirmaron a su llegada a Argentina, fue junto con estos y algunos parientes más una superviviente del Holocausto. Este prematuro contacto con la muerte será un anticipo del tono desgarrador que caracterizará su poesía.

La infancia, punto de inflexión en su obra

Desde su infancia padeció asma y tartamudez, lo que sin duda acrecentó su fragilidad física y moral. Quizá éste sea el motivo por el que, a lo largo de toda su producción literaria, el tema de la nostalgia por la infancia perdida será una constante.

“Se fuga la isla
Y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro profeta “

(La última inocencia, “Salvación”, 1956.)

Sin embargo, a pesar de los costosos tratamientos médicos y psiquiátricos que su padre costeaba, la única terapia que consiguió calmarla y reconciliarla consigo misma fue la poesía. La literatura, por tanto, se convirtió en su vida y a ella sumó el contacto con la poética surrealista de sus coetáneos Enrique Molina y Olga Orozco, con la que se afirma que mantuvo una relación que traspasó la pura amistad. El Surrealismo, desde sus pinitios en la pintura surrealista durante su infancia, acabó volcándose en su poesía.

Argentina, París, Argentina

Desde 1950 hasta 1960 formó parte de la revista Poesía Buenos Aires, su primera aparición pública en el mundo de la literatura. Tras finalizar sus estudios en Argentina se trasladó a París en una suerte de exilio voluntario (1960-1964). Allí conoció Julio Cortázar, con el que estuvo muy unida desde ese momento. Así, en los libros de la poeta podemos encontrar bellísimas dedicatorias hacia Julio, que junto con su mujer Aurora asumieron una suerte de tutela y protección hacia la joven y frágil Alejandra. Es en estas dedicatorias donde podemos advertir la degradación de la enfermedad de Pizarnik, como en éstas:

“Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, oh Julio) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio —que fracasó, hélas)”.

Efectivamente, tras su regreso a Argentina su enfermedad comenzó a agravarse y su poesía adoptará tintes aún más desoladores, también recogidos en sus Diarios (1960-1968).

«Cuando entré en mi cuarto —escribe el 31 de diciembre de 1960— tuve miedo porque la luz ya estaba prendida y mi mano seguía insistiendo hasta que dije: Ya está prendida. Me saqué los pantalones y subí a la silla para mirar cómo soy con el suéter y el slip; vi mi cuerpo adolescente; después bajé y me acerqué nuevamente al espejo: Tengo miedo, dije. Revisé mis rasgos y me aburrí»
 

El silencio a gritos, la muerte, la soledad, la melancolía por la infancia perdida, el aislamiento y el miedo serán algunos de los temas más importante recogidos en obras como La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965) y Extracción de la piedra de locura (1968).

En 1969 consiguió la beca Guggenheim  para estudiar en Nueva York. Antes de sucumbir totalmente consiguió la beca Fullbright (1971).

La muerte como solución final

El 25 de septiembre de 1972 no pudo resistir más su propia existencia y acabó quitándose la vida al ingerir una gran cantidad de pastillas. Sin embargo, se discute si el suicidio fue tal o si sólo se trató de un error. Nunca lo sabremos. Lo cierto es que desde su muerte, un aire maldito y romántico ha acompañado a esta brillantísima escritora como a tantos otros poetas (Rimbaud, Baudelaire, Poe, Keats, etc).

Parece difícil olvidar aquellos desgarradores versos que resumen toda su vida e inquietudes.

"Es el desastre
es la hora del vacío no vacío
es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.
Señor
tengo veinte años
también mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada
Señor
he consumado mi vida en un instante
la última inocencia estallóahora es nunca o jamás
o simplemente fue”

(La última inocencia)