Tras los muros de las casas donde miles de personas se refugian estos meses, la ansiedad campa a sus anchas por todos los rincones. El confinamiento a causa de “la pandemia del siglo XXI”, más conocido como COVID-19, está provocando graves estragos en niños, adultos y ancianos. Nadie puede huir de su propia mente.

Sin embargo, observando más a fondo, lo cierto es que esas barreras ya estaban construidas en la mente de muchas personas antes del 'parón mundial'. Los servicios de salud mental han prestado toda su alma para solventar esas necesidades, ¿pero cómo ha vivido la gente toda esta crisis mental cuando ya arrastraban otros problemas de antes?

Rostros múltiples

No se parece a un dolor de cabeza, tampoco a una molestia de muelas; la esencia de este malestar radica en las emociones, son estas las mismas que luego provocan los estragos físicos, ¿no es así como funciona el cerebro? La ansiedad se define por la forma de ser de cada uno. Cierto es que tiene rasgos comunes que la caracterizan, pero el mundo de las emociones es un abismo de una profundidad inexplorable: no depende de lo hondo que sea, sino de la angustia que provoca la caída.

Dada la situación excepcional por la ya apodada “la pandemia del siglo XXI”, el incremento de problemas mentales y emocionales ha hecho explotar la burbuja en la que se basaba la vida rutinaria, despertando así un cúmulo de sensaciones dormidas. Incertidumbre, preocupación, problemas de concentración, inseguridades o insomnio son claros ejemplos que dejarán secuelas en la gente cuando la tormenta amaine.

Todo ello también causa síntomas físicos, los cuales pueden llegar a ser un problema grave. Saber controlarlo y ser consciente de ello es un paso muy importante. Pablo Gutiérrez, estudiante de la Universidad Complutense de Madrid, cuenta su experiencia con la ansiedad durante el confinamiento así: “En parte venía de la inactividad, otras me provocaba hasta taquicardias cuando recibía noticias sobre trabajos o exámenes que no habían salido como esperaba”.

Las circunstancias que pueden provocarla abarcan un abanico tan inmenso de posibilidades que incluso la verdadera razón de esa angustia puede residir en el inconsciente de la persona. Sin embargo, pueden apreciarse las razones más claras con el simple hecho de ver las noticias diarias: el pico de fallecimientos, la distancia con la familia y los amigos, o la pérdida de ánimos para realizar tareas agradables.

Todo ello termina convirtiéndose en una apatía constante, incluso se han dado casos de depresión a raíz de todo lo que acontece estos días. Aunque las peores circunstancias no le toquen a uno de cerca, la simple empatía con los demás ya genera preocupación y malestar general.

“Veía que no llegaban noticias de la universidad, no podía ver a mis abuelos y, sobre todo, venía porque moría mucha gente que no debía”. Lucía Gualda, estudiante de Periodismo en la misma universidad, es otro de los miles de ejemplos que lidian con este desasosiego como pueden: “Es algo que estaba continuamente en mi cabeza hasta no dejarme dormir o hacerme llorar y sentir que me ahogaba en cualquier momento del día”.

Miedos y pánicos urbanos

En términos generales, se tienden a confundir conceptos similares que se terminan aceptando como iguales. En el caso de la ansiedad, suele emparejarse con el miedo o el pánico. Todos ellos son estímulos reales que derivan en reacciones emocionales: en una escala de sensaciones, el miedo y el pánico se situarían en una balanza equilibrada, ya que ambos suelen mostrarse por medio de respuestas más fisiológicas y agitadas. Sin embargo, la ansiedad podría decirse que es “silenciosa”, causa estragos más duraderos y un malestar más generalizado.

Ahora bien, dadas las circunstancias extrañas que han dejado el virus en la cotidianidad, estos miedos o pánicos se dan en forma de fobias. Estas últimas semanas, a raíz del comienzo de la desescalada del confinamiento, varios medios de comunicación han publicado artículos relacionados con “el síndrome de la cabaña”, también conocido como la preferencia a quedarse en casa antes que salir al exterior. La ansiedad en esta opción tiene doble cara: agobio por estar siempre metido en casa y, por otro lado, agobio por salir dado el riesgo al contagio o por la vuelta a la normalidad.

A su vez, se darán ejemplos de “agorafobia”, miedo a estar en espacios abiertos y el regreso a la vida pública o, por el contrario, más casos de “claustrofobia” en espacios cerrados que no sean el hogar habitual de estos últimos meses.

Por otro lado, las primeras noticias sobre el COVID en China ya alertaron a los más hipocondríacos, que comenzaron a tener más higiene en lugares públicos y generalizaron el uso de las mascarillas en el transporte público. Todo ello puede derivar a su vez en trastornos obsesivo-compulsivos de limpieza por la constante desinfección que hay que realizar para evitar el contagio.

Asimismo, dadas las restricciones del Gobierno por mantener las distancias sociales, se podrían desarrollar las fobias conocidas como “hafefobia” y “demofobia”, el miedo a estar entre una multitud o ser tocado en exceso. Por un tiempo, los típicos saludos con dos besos o un abrazo largo tendrán que remitirse a un saludo con la mano alzada.

Ilustración sobre las fobias, por Marta Alberca

       

¿Economía o humanidad?

La gran preocupación de los españoles, e incluso del mundo entero, es la recesión económica que asoma a la vuelta de la esquina. En España, allá por el 2008, se vivió una gran caída en picado por la explosión de la burbuja inmobiliaria  y ahora, que parecía que subía de escalón a la par que Europa, llega una pandemia que nos hace retroceder 12 años atrás.

Para muchas familias españolas, la gestión de las situación económica se les escapa de las manos: las ayudas de los ERTES no terminan de llegar y los autónomos, como suelen estar acostumbrados, sobreviven como pueden con sus propios medios. El capitalismo ha provocado que ésta sea la principal razón de vivir de las personas. Por ello, ante una situación de alarma e incertidumbre como tal, se anteponen los intereses económicos antes que el bienestar de sus habitantes.

Según el último análisis del Barómetro Covid-19 de Kantar, que recoge las actitudes y expectativas de un grupo seleccionado de gente respecto al virus, ha demostrado que la población comprendida entre los 20 y 30 años (los conocidos como “millenials” y “generación Z”) presentan más síntomas de preocupación y ansiedad de cara al futuro, ya sea por el impacto económico que ha tenido en sus hogares y el parón de sus estudios o trabajos primerizos, siendo pesimistas en un 78% de los casos.

Estos jóvenes adultos son el futuro del país. El frenazo en seco de toda la actividad laboral afecta de lleno a sus expectativas, al igual que a sus emociones y las ganas puestas en proyectos y planes que prometían ser inolvidables. Lo que no significa que se desvanezcan para siempre.

La realidad actual ha arrancado las fechas marcadas con rotulador rojo del calendario. La incertidumbre y la ansiedad por lo que está por llegar inundan la mente de todos los ciudadanos del mundo. Parece que se han acomodado plácidamente a la situación pero, en algún momento, se irán para dejar paso a tiempos mejores.