Y España normalizó a Vox
Los candidatos, antes de posar ante los medios gráficos. /EFE.

"Al fascismo se le combate en las urnas". Fue y es la frase que enarbolan las fuerzas políticas de izquierda para alentar a la movilización. Estrategia que funcionó en las pasadas generales de abril, pero que, todo parece indicar, que no servirá en los comicios de este domingo.

El partido que lidera Santiago Abascal salió, contra todo pronóstico, el mejor parado de evento más importante de la campaña electoral: el debate a cinco. Nadie rebatió sus eslóganes, sus argumentos y sus trampantojos. Ningún líder de los otros cuatro partidos quiso salirse del guion establecido para demostrar ante todo el país que lo que dice Abascal es, simplemente mentira.

Porque la estrategia de todos ellos era ignorar al líder de la extrema derecha. Y él, claro, contento porque a pesar de que no encontró a nadie con quien rivalizar el tamaño de la bandera, sí pudo meter en el debate un discurso de intolerancia y desprecio hacia los elementos que han hecho del actual periodo democrático, la época más estable y próspera de la historia de España. Ese país que él tanto admira y quiere defender, pero que es capaz de volar de un plumazo sus valores esenciales si llega a La Moncloa. Hecho que no llegará nunca, o al menos que no logrará este domingo, pero sí tendrá un espacio y peso importante en la cámara que nos representa a todos a partir del 10N.

Vox se encamina desatado hacia la tercera fuerza política del país. Millones de españoles darán su confianza a una organización vertical que promete desmantelar las pensiones y eliminar del panorama a partidos nacionalistas. Adiós diversidad. Una llegada que tiene varios culpables: La izquierda española por darle otra oportunidad, y la derecha por normalizar ese discurso discriminatorio por el miedo al trasvase de votos y porque le necesitan para gobernar. Y el silencio, claro. Nadie quiso rebatirle.  

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