George Orwell, periodista y escritor británico, autor de “clásicos” de la literatura anglosajona como 1984 o Rebelión en la granja, escribió en 1936 Que no muera la aspidistra, su tercera novela. En ella, Orwell trata temas como la sociedad de consumo o los principios morales desde un punto de vista satírico, casi absurdo.

Sinopsis

Gordon Comstock es un librero cuyo sueño es vivir de la poesía. Gana un sueldo pésimo que le permite subsistir a duras penas, al menos en el engranaje de la clase media baja. A pesar de haber tenido oportunidades para mejorar su trayectoria laboral, Gordon las rechazó. Para él, el dinero corrompe las vidas de sus subordinados, y por eso “le declara la guerra”. Los problemas comienzan cuando llega a situaciones extremas, en las que Gordon tendrá que decidir si valora mantener sus principios, o por el contrario, postrarse ante la aspidistra, símbolo de la mediocridad de la clase media.

Reseña con spoilers

Gordon vive amargado con su bajo sueldo, su barata habitación de alquiler y su vacío bolsillo. No tiene dinero ni para ir a tomarse unas cervezas con su amigo, Ravelston. Al inicio, Orwell describe perfectamente el clima lánguido y pobre que rodea a Gordon. Su condición laboral no tiene atisbos de mejora, su familia es mediocre y su poesía es más frustrante que reconfortante. El capítulo 3, en el que habla de la familia Comstock, es de lo más deprimente que he leído nunca.

No obstante, resulta paradójica esta situación, ya que ha sido el propio Gordon quien ha acudido a ella. Tiempo atrás, tuvo el talento y los métodos para triunfar, y hasta lo hizo, pero decidió renunciar. Sus principios en contra del consumismo y la postración al “Dios dinero” le llevaron a vivir con lo justo, aunque en su interior no lo desee. Durante dos años, continúa con este estilo de vida, en el que sus ideas le llevan a situaciones que más de una vez traspasan la línea de la absurdez.

Para Gordon, todo tiene que ver con el dinero. Las relaciones sociales, la felicidad, la creatividad, el amor… dependen de él. Si no se tiene dinero, es imposible llevar a cabo la gran mayoría de aspectos que “nos hacen humanos”. Ravelston, socialista pero de familia adinerada, le intenta hacer ver que no es así. Pero claro, él es rico, y tras sus “conexiones sociales” va a “desconectar” a restaurantes de lujo. Y pese a todo, Gordon continúa con sus ideales, renuncia al dinero y se mantiene fiel a sí mismo.

Una aspidistra. Foto: Nuevo Estilo
Una aspidistra. Foto: Nuevo Estilo

Sin embargo, hay una noche que lo cambia todo. Gordon recibe un cheque de bastante dinero, equivalente a cinco veces su sueldo, y lo despilfarra en una sola noche. Una noche con lujos, alcohol, prostitución… y cárcel. Al no poder permitirse la fianza y perder el trabajo, Gordon pasa, muy a su pesar, a depender económicamente de Ravelston. Tras estas semanas, decide que ya no quiere mantener siquiera los mínimos, ya no quiere la aspidistra, tan solo desea hundirse poco a poco.

Y eso hace. Con todavía menos dinero, peor trabajo y casi sin relaciones, Gordon se adentra en el fango. Y ahí se siente realizado. Ha vencido al dinero. La aspidistra, una planta casi inmortal, comienza a deteriorarse en su nueva habitación. Hasta que llega un momento que le hace replantearse sus principios: su novia, Rosemary, está embarazada. Ahí, Gordon descubre algo que dice la propia Rosemary: “los principios no son para gente como nosotros”. Estos son fantásticos… hasta que se ponen a prueba. Y finalmente, Gordon decide volver al ruedo, a un trabajo que detesta, por un bien mayor. Y por supuesto, instauran una aspidistra junto a la ventana.