La mayoría de la gente acude a ver Corta el cable rojo sin saber qué esperar. Tras una hora y media de función, salen por la puerta del Teatro EDP Gran Vía con la misma incertidumbre sobre lo que han visto, pero con agujetas en la barriga y en la cara de tanto reír.

En el Pequeño Teatro Gran Vía, Carlos Ramos, José Andrés y Salomón, tres compañeros convertidos en amigos, hacen alarde de su sentido del humor único y de la gran complicidad que comparten y regalan a la audiencia en un espectáculo vivo que sorprende con cada escena, más loca, arriesgada y extrema que la anterior.

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Todo improvisado

La clave del espectáculo está en que todo es improvisación. Cada día, los artistas se suben al escenario sin saber qué van a decir, cómo van a actuar o qué vestuario van a usar. No pueden basarse en el día anterior. Ni en el otro. A través de las sugerencias del público, construyen historias, pequeñas escenas, con la que muchos espectadores se sienten identificados y otros, simplemente, se tronchan de la risa.

Con un uso magistral del humor absurdo, pero lleno de referencias culturales y una gran sabiduría (para poder jugar con la situación e improvisar sobre todo tipo de cuestiones necesitas tener una gran cultura), los tres artistas conquistan cada semana a cientos de personas que acuden a dicho espacio movidas por la curiosidad de saber qué tiene de especial esa obra que lleva años haciendo sold out en la capital española.

Acudir a una función de Corta el cable rojo es entrar en un oasis de risas sin filtros, ya que la improvisación está llena de momentos inesperados. Además, la espontaneidad de la obra nos ayuda a desconectar desde el primer momento, cuando se crea en la sala un ambiente de relajación en el que no hay lugar para las preocupaciones.

A diferencia de otras muchas obras que podrás ver en teatros más grandes y majestuosos, en esta tienes la oportunidad de interactuar con los artistas, así como de ser el protagonista de algunas de las tramas.

Si pueden, no se la pierdan. Merece la pena.