Dijo el poeta cubano José Martí que la música era el alma de los pueblos y era capaz de unir al universo entero y, lo dijo con conocimiento de causa porque existen pocos pueblos que hayan interiorizado, exportado, asimilado y creado tantos ritmos e influencias sonoras como el pueblo cubano. De hecho más de cincuenta poemas de Martí acabaron convirtiéndose en canciones, y sus versos fueron incluidos en la mundialmente famosa Guajira guantanamera de Joseíto Fernández.

Para Martí todo era hermoso y constante, todo era música y razón, y todo, como el diamante, antes que luz era carbón. Estos versos son posiblemente una preciosa forma de definir la personalidad de aquella maravillosa y pequeña isla caribeña, marcada profundamente por el ritmo y la música. Una música con un sello propio, sublime, capaz de dotar de un mágico acento a las mezclas culturales y a las fusiones. El alma humana posee una enorme necesidad de blancura y una de las formas más bellas de impedir que el espíritu se oscurezca es a través de la música. Cuba vive por y para la música, de aquel mágico enclave, en un pueblito arrinconado llamado Santa Isabel de las Lajas surgió Benny Moré, “El Bárbaro del Ritmo”, “Ruiseñor Lajero”, maestro de generaciones que por mor suya enseñaron al resto del mundo a cantar sones, mambos, guarachas, guaguancós, rumbas, guajiras, bambucos y boleros.

Buena Vista Club Social

Es tan grande el infinito universo musical de Cuba, que el mítico Compay es un irrepetible segundo en el tiempo y el tempo cubano. Componente del club cuyo nombre procede del club social desaparecido en el barrio de Marianao en los años cincuenta, el proyecto musical Buenavista Club Social se expandió al resto del mundo en los noventa desde La Habana. Fue crucial en aquel resurgir Ry Cooder, el guitarrista californiano autor de la banda sonora de París, Texas y colaborador antiguo de los Rolling Stones, que se enamoró de los artistas olvidados de la generación de oro de la música cubana justo cuando nadie apostaba un duro por ellos. Elíades Ochoa, Ibrahim Ferrer, Compay, Cachaíto López, Rubén González, Omara Portuondo

Así fue cómo durante casi dos décadas Buena Vista Social Club ejerció como embajador del ritmo, la vieja trova y la música cubana, haciendo posible que el mundo pudiera saborear esa cosita especial que solo tiene aquella isla, puro son y don de la naturaleza.

Posiblemente no exista otro lugar en el mundo en el que haya tanto viejo son, tanto ‘feeling’ por metro cuadrado, tanto ‘tumbao’. La naturaleza musical de un pueblo con raíces propias y evidentes influencias hispano-africanas, así como norteamericanas. De entre las grandes damas del son sobresale una señora cuya voz la convirtió en embajadora de la alegría. Si fuera posible morir de bolero, en cada una de sus actuaciones se les pararía el pulso a todos aquellos que gozan del placer de escucharla.

Ella es Omara Portuondo, una dama para la que cantar siempre fue como respirar, aquella que nunca tuvo la necesidad de ensayar, pura improvisación, el prodigio hecho voz, la naturalidad sin parangón alguno. Omara lo cantó todo pero como nadie lo ha cantado, constituye la suma gracia, la excelencia, de ayer, ahora y siempre, jamás pasará de moda.

En su manera de vivir, de salir al escenario, se identifica al instante que procede del Barrio 708 de Pueblo Nuevo, en el que el silencio no existe, pues la calle es canción y sus modestas casas son pentagramas con puertas y ventanas a los ritmos y los sentimientos. Vivir es cantar, y Omara en más de una ocasión ha afirmado que morirá encima de un escenario, en el que lleva cincuenta años siendo bandera de Cuba, siendo linda, chiquita y sabrosa.

La novia del 'feeling'

Conocida como la ‘novia del feeling’ (la emoción) fusionó como nadie los ritmos cubanos con el jazz y la bossa nova. Portuondo es un símbolo que ha representado a Cuba de una forma maravillosa por todo el planeta. Su historia personal es tan apasionante, tan auténtica como todo lo que expresa cantando; haber sido fruto de un amor vencedor a la tragedia es una de las razones por las que posee ese inigualable sello.

El racismo acompañó a la historia de amor de sus padres, negro hijo de esclavos y blanca hija de españoles que hicieron frente a los prejuicios de la época, que pasaron necesidades materiales en aquella Cuba de los años treinta en la que se comía como se podía, pero que jamás sufrieron escasez espiritual, artística o cultural. Las musas de la naturaleza le dieron a ambos el prodigioso don del oído y aquellos niños crecieron con la música como parte fundamental de su existencia.

Omara jamás olvidará aquellos duetos de sus padres, cantó en coros desde la infancia, pero se subió por primera vez a un escenario a la edad de diecisiete años. Debutó en solitario en 1958 con el disco Magia Negra, trabajó también como bailarina y cantante en Tropicana e hizo de actriz interpretando a Mariana Grajales, todo un símbolo femenino en su país.

Plantó cara a los prejuicios morales integrando con solo mujeres la orquesta Anacaona. Marcó una época en el cuarteto vocal femenino Las de Aída, en el que comenzó a exteriorizar ese don heredado. Omara, su hermana Haydée, Elena Burke y Moraima Secada, fueron herederas del ‘feeling’ de los 40, trovadoras de la emoción. Nadie como Omara para representar a la mujer cubana, para dar continuidad y evolución al género femenino en el ritmo, en la interpretación, para hacer honor a Isolina Carrillo, la autora de Dos gardenias, para convertirse en la primera mujer que cantó una canción de Silvio Rodríguez.

Cantar es como volver a respirar

A sus 86 años sigue dando lecciones al mundo de cómo ha de cantarse y contarse, de cómo ameritar un tema, como por ejemplo Ya no me quieres, canción de María Grever que le marcó profundamente, así como de gozar de la oportunidad de cantar junto a Ernesto Lecuona, otro pilar fundamental de los ritmos cubanos. Como dijo en una ocasión, la música son siete notas esenciales con las que se hacen y se transmiten cosas increíbles, tanto como para enamorar a Barack Obama.

Verla subida a un escenario constituye una oportunidad única para comprobar que la música no tiene edad, para disfrutar la inmensa dimensión de lo que sigue representado, como diva del Buena Vista Social Club y leyenda viva de la música cubana. Por ello, el anuncio de los conciertos que dará junto a la intérprete Olga Cerpa el próximo día 9 en la Plaza de Santa Ana, de Las Palmas de Gran Canaria, y el día 10 en el Teatro Leal, en Tenerife, ha generado gran expectación y han sido acogidos como una oportunidad irrepetible de volver a verla, sentirla y escucharla. Porque escuchar a Omara es escuchar Mi cocodrilo verde, sentir a Cuba, es vivir su música, su idioma universal, es como mirar cara a cara a la sabiduría, contemplar a una diosa de la cadencia, del ritmo y la pausa. Es como volver a respirar…