Mirada perdida que vaga adormecida entre nubes escarlata, vanguardia de un sol enorme, grandioso, que calienta para calentar la jornada. A su alrededor Nguso, un barrio insomne que nunca duerme porque no tiene tiempo que perder y sueña despierto, come, desayuna y cena al mismo tiempo, por si mañana no hay nada que echarse a la boca. Apenas puede detenerse a observar al adormilado estudiante ya que a las 06.30 su taquicárdica idiosincrasia esta en el punto álgido, cual intercambiador central occidental envuelto en barro sin salida de emergencia ni cintas transportadoras. Una banda sonora de gritos sin ofensa, predicadores desvelados, claxons sin ritmo y vendedores de lo inimaginable hacen fruncir el ceño a nuestro protagonista y consiguen separar mínimamente sus pestañas, mostrando a quien quiera ver sus dos ojos negros, oscuros como pozos de melancolía.
Cuelga de su espalda una mochila de niña con repertorio de rosas y princesas mas sin cremallera por lo que desvela como único contenido una botella de un tercio de litro de agua. Cuelgan de sus ojos legañas y mocos de su nariz, ya que es un niño y vergüenza aún le falta. No le falta respeto, en contra de lo que alguno pudiera pensar, y saluda con diligencia al abrirse la puerta del autobús escolar. Porta en la mano un tesoro untado en chocolate, con sabor intenso a fruto seco pues África no tendrá dinero pero sin duda tiene sabor. Un bocado le da la energía suficiente para su siguiente misión, montar a la furgoneta o microbús, como ustedes quieran, ya que antes exageraba en exceso al calificarlo de autobús.
Le espera un vagón más apretado que el Metro de Tokio, donde es acogido en el regazo de una niña mayor que el a regañadientes. Aplasta su mochila en el primer hueco que encuentra, con facilidad al ir prácticamente vacía. Migas de pan están cayendo al arrancar, raudo, el chofer pues nuestro pequeño amigo enfila ya el segundo bocado de su humilde manjar. Por imposición de la trinchera formada en su línea de asientos, que cruzó con gallardía, no tiene otro remedio que despertar definitivamente. Tercer bocado. Su cara es un poema de amor, el rostro de la felicidad. Verle comer te alegra la mañana.
Continúa su camino la furgoneta de la esperanza, alejándose del bullicio de Nguso con dirección a Nkofoulou, recogiendo un total de 28 alumnos en 4 filas de no más de dos metros. Una bomba de relojería que estallaría en risas y collejas de no ser por lo temprano de la hora. En el trayecto dejamos en el arcén una peregrinación de niños, no todos con mochilas. Los que más, cargan sobre su cabeza cubos de agua, plátanos, mangos, beñés y judías pintas (el desayuno más popular, un bollo frito en aceite de palma con las típicas judías inglesas, que estamos en un país bilingüe de lengua y de costumbre), zapatos, cepillos de dientes, machetes para segar, mandos a distancia para la televisión, botellas de “agua potable” de dudoso origen… una variada despensa de niños cuyo futuro ya está escrito, trabajar hasta que su cuerpo no aguante y rezar con una fe que en el Norte no podríamos comprender para poder comer un plato de arroz antes de terminar el día o la semana. No tienen costumbre de comer todos los días, no hay tesoros de chocolate para ellos. Son miradas de viejo que sabe que tarde o temprano llegará su hora pero se resiste con uñas y dientes. Son niños asustados, adultos prematuros que si les escuchas hablan de abandono, violencia, muerte y enfermedad. Cuentos no aptos para guarderías europeas. La furgoneta de la esperanza quiere cambiar su destino, al igual que el que les relata hoy su historia.
Con esa motivación sigue su camino, recogiendo niños de un desahucio que su suerte les impuso. Se suben huérfanos e hijos de familias de más de diez hermanos cuyos padres no pueden o saben hacerse cargo de ellos. Llegan a un colegio de madera, cabañas pintadas con colores alegres donde reciben educación, promesa de futuro. Aprenden inglés y francés. Matemáticas, historia, ciencia, geografía. Aprenden a ser personas. Aprenden que les necesitamos. Aprenden que deben ser dueños de su destino. Aprenden que Camerún, África y el mundo avanzarán según sus designios. Tienen coraje y aprenden rápido. Mañana, que será muy pronto, estarán preparados para cambiar las cosas.
Nkolfoulou es una población rebosante de niños, rebosante de futuro. El colegio, Bitame Lucia Nursery and Primary School, en su situación actual no puede albergar a todos cuanto quisiera y la ciudad necesita. Muchos niños se quedan fuera simplemente porque no hay sillas para todos. Por eso, este verano vamos a reconstruirlo, haciéndolo más grande, quemando las viejas maderas por las que se cuela el agua y las serpientes para dejar una estructura adecuada y permanente que dote a Nkolfoulou y sus niños de un lugar donde sonreír y aprender para siempre. Ese es el sueño que comparto con usted, querido lector. Si quiere soñar conmigo, necesitamos su ayuda. Done un minuto de su tiempo para compartir este artículo y dar voz a mis amigos de Nkolfoulou. Usted que ya la ha escuchado puede también olvidarla, si así conviene. Done lo que tenga en el bolsillo, ahórrese un capricho, una camiseta o prolongue la vida de sus zapatos viejos. Estoy seguro de que puede hacerlo. En su mano está la oportunidad de regalar humanidad, educación y futuro.
Puede colaborar en este link:
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