Preside ahora mismo la portada de esta página, y es de esperar que aún lo hará durante un tiempo, un manifiesto "contra la violencia en el deporte". Al final del texto se puede ver una lista de firmantes, que constituyen la inmensa mayoría de los integrantes de esta redacción. El lector avispado habrá podido comprobar que el autor de estas líneas no está entre ellos. Ni tiene intención, pese a sentir un profundo respeto por quien ha decidido inscribir allí su nombre. Ante la polémica que esto pudiera generar, y obviando por improcedente la excusatio non petita, corresponde explicar esta postura.

El primero de los dos puntos en que se basa es de concepto, puesto que no se trata de un problema "del deporte". El episodio de hoy lo han protagonizado dos bandas de descerebrados, de auténticos criminales, que utilizan el deporte como excusa, pero que no tienen nada que ver con él. En España se matan por el fútbol porque es el juego más popular, bajo el que más gente se puede amparar. En los Estados Unidos hay disturbios cuando un equipo gana un campeonato de béisbol. En Canadá se pegan por el hockey. En la antigua Yugoslavia, en Grecia, en Turquía, el baloncesto o hasta el waterpolo pueden derivar en vandalismo.

Desde dentro debería dejarse claro que la responsabilidad no corresponde al mundo del balompiéAdemás, las escenas de salvajismo las protagonizan grupos extremadamente reducidos de aficionados. Muy ruidosos, sin duda, pero poco numerosos. En la pelea que ha tenido tan fatal desenlace esta vez, a orillas del Manzanares, había dos centenares de hinchas, es de suponer que repartidos más o menos a medias. Compárese tan ridícula cantidad con los 54.000 espectadores que caben en el Calderón y los casi 35.000 que entran en Riazor.

De ambos factores podemos concluir que no es el deporte el que origina estos comportamientos tan nocivos. Se trata sencillamente de gente que no es capaz de vivir en sociedad y se comporta de forma violenta y perniciosa. Carencias educativas o afectivas, entornos hostiles, referentes morales cuestionables, psicopatía, simple y pura maldad, hay mil causas que pueden dar lugar a semejante situación; determinarlas es trabajo de sociólogos, no de periodistas. 

Lo que resulta evidente es que no se trata de violencia "en" el deporte, ya que su origen es externo. Son personas que, si no hubiera fútbol en sus vidas, se buscarían cualquier otra razón para descargar su agresividad. Los hay que a lo que se dedican es a atacar a sus parejas, y nadie en su sano juicio diría que la causa de la violencia doméstica es el hecho de convivir en compañía. Los hay que se basan en ideas políticas de todas las tendencias, y la libertad de expresión y opinión sigue siendo un precepto sacrosanto. 

Responsabilizar al deporte de que haya violentos en las gradas, y exigir soluciones desde dentro del propio entorno deportivo, es profundamente injusto. No sólo para el deporte en sí, sino también, muy especialmente, para los miles de aficionados pacíficos, la abrumadora mayoría, que disfrutan del espectáculo en paz, sin ir más allá de algún simple pique derivado del apego a unos colores que acaba de forma amistosa en cuanto el árbitro pita el final del partido.

Ya se oyen voces que tachan de nidos de descerebrados a los seguidores del fútbol en general y de algún equipo en particular, cayendo en la más burda de las generalizaciones. Desde dentro debería dejarse claro que la responsabilidad no corresponde al mundo del balompié. Se debería tratar de convencer al conjunto de la población de que este problema ni se restringe a los estadios, ni se ha generado en ellos, ni es en ellos donde se puede resolver.

No se arregla nada expulsando al grupúsculo de radicales de un estadio, porque si no están protagonizando altercados en las tribunas, lo harán en otro sitio. No sería más que una medida cosmética, que a lo mejor serviría para que los hinchas "normales" se sintieran más a gusto, pero no para evitar las muertes, que son lo aparentemente preocupante. Aparentemente, porque con este asunto hay una hipocresía moral tremenda: no hay semana en que no se produzcan incidentes similares en algún punto de la geografía del país, pero sólo nos acordamos y exigimos medidas enérgicas cuando hay muertes.

Su forma de divertirse

Por otro lado, es preciso recordar un detalle muy evidente pero que muchos, de forma más o menos interesada, obvian. Aunque según fuentes policiales es una práctica común, por simplificar se pueden tener en cuenta sólo los hechos que corresponden a este caso. Se sabe que el Frente Atlético y los Riazor Blues se habían citado, a través de mensajes telefónicos, horas antes del comienzo del partido con el único y exclusivo fin de organizar una pelea entre ellos.

Quien se mete en peleas sabe que puede matar a alguien, que puede acabar muertoNo se ha abundado lo suficiente sobre la importancia de este dato. Es gente que, consciente y voluntariamente, provoca peleas y se mete en ellas. Es gente para quien el deporte es lo de menos (como demuestra el hecho de que cada uno de los bandos tuviera "alianzas" con otros grupos de ultras: se sabe que apoyando a los gallegos había algunos Bukaneros del Rayo y Alkor Hooligans del Alcorcón, mientras que por parte rojiblanca se habla de algún Ultra Boys sportinguista). 

En concreto, además, el fallecido era una persona de 43 años, padre de familia que hasta deja dos hijos huérfanos, y pertenecía a "Los Suaves", la facción más exaltada de los Blues. No se trata de ningún niñato influenciable recién salido del fracaso escolar. Háganse a la idea de la clase de persona que se hace un viaje de más de 600 kilómetros, dejándose en casa a su familia, para estar un domingo a primerísima hora de la mañana en una ciudad extraña zurrándose con desconocidos.

No debe interpretarse esto como una defensa de sus verdugos. Los integrantes del Frente Atlético que han participado en la pelea (ojo: ellos, no los 5.000 que pueblan cada dos fines de semana el fondo sur y se pasan el partido cantando y animando) son unos asesinos despreciables. Pero es muy ingenuo pensar que sea distinta la catadura moral de los deportivistas que hoy han sido víctimas, pero si la batalla se hubiera planteado de forma diferente, podrían haber sido ejecutores (como de hecho ha ocurrido alguna vez).

Si alguien, libremente, siendo mayor de edad, decide dedicar su tiempo libre a meterse en peleas con navajas, bates de béisbol y barras de hierro, sabe perfectamente a lo que se expone. Sabe que puede matar a alguien. Sabe que puede acabar muerto. Sabe, además, las responsabilidades penales a las que se puede arriesgar llegado el caso. Resulta muy difícil llegar a sentir pena ante las consecuencias derivadas de esta actitud, por macabras que sean, que ellos mismos se han buscado.

Por supuesto, muy distinta sería la situación si en el camino de estos desalmados, sea cual sea el color de su camiseta, se hubiera cruzado un inocente. En ocasiones ha ocurrido, y es algo que merece una repulsa total y la más enérgica de las condenas. Aun así, tampoco cabría hablar de "violencia en el deporte". Seguirían siendo los actos aislados de cuatro criminales que a duras penas se representan a sí mismos, y que de ninguna manera hay que admitir como miembros de la comunidad deportiva.