Nacido el 25 de agosto de 1930 en el suburbio obrero de Fountainbridge de Edimburgo e hijo de Joseph Connery, un trabajador de fábrica y conductor de camión, católico de origen irlandés, el pequeño Tam siempre mostró especial interés por el boxeo y el fútbol. Con tan solo nueve años repartía la leche de la cooperativa St. Cuthbert, y a los 13 años abandonó la escuela para ayudar en casa trabajando como ayudante de albañil.

En busca de aventuras, un poco perdido, ávido de objetivos que aportaran sentido a su vida se enroló en la Marina. Tenía solo 16 años pero Tam no encontró su camino en el ejército, sino en los libros, el teatro y el cine. Tendría que haber permanecido alistado en la Marina británica durante seis largos años, pero una úlcera de duodeno puso fin a sus días como marinero. Se vio entonces sin un rumbo fijo, trabajando en mil oficios, como socorrista, incluso como pulidor de ataúdes en la firma Jack Vinestock&Company. En el citado oficio conoció a John Hogg, que por las tardes hacía teatro amateur en el vecino King's Theatre. Hogg le invitó a descubrir el mundo del teatro, la interpretación, en gran medida la invitación de aquel amigo le sirvió para encontrar su verdadero rumbo y el camino correcto para convertirse en el grandioso actor que fue.

Por aquel entonces sus dos grandes pasiones seguían siendo el boxeo y el fútbol, para lo primero tenía unas cualidades físicas muy notables, especialmente por sus 1,89 de estatura y su entregada afición al levantamiento de pesas y el culturismo (fue tercero en el Mr.Universo de 1953 con un cuerpo moldeado en los gimnasios de Portobello mientras trabajaba como socorrista y modelo ); y para lo segundo había demostrado notables cualidades portando la camiseta del Bonnyrigg Rose Athletic Football Club. En 1952, tenía 22 años y jugaba en el Bonnyrigg Rose a cambio de cinco chelines semanales. Sus 1,89 metros de altura no le impedían jugar como wing derecho; Sean era un poderoso wing con pinta de defensa central, pero que sorprendía por poseer unas capacidades atléticas muy notables para correr la banda. Por entonces el East Fife, equipo escocés quiso hacerse con sus servicios, pero fue el Manchester United de Matt Busby, el equipo que puso en serio peligro su futuro como actor.

Mientras estaba de gira con la producción musical de South Pacific, que le permitiría trabajar en la escena, televisión y, finalmente, en el cine, llegó a la ciudad de Manchester, donde jugó un partido de fútbol contra un equipo local en el que Sir Matt Busby, quedó impresionado por sus cualidades atléticas. El mítico Busby le ofreció un contrato con el United por 25 libras semanales, la oferta era muy tentadora, y fue una decisión difícil de tomar, tal y como él mismo reconoció: "Tenía 23 años y la intuición de que el teatro podría ser mi vida, pero carecía de educación, me consideraba un ignorante. Tenía que elegir entre ser deportista o actor. Me apetecía lo segundo, porque me había permitido comprarme una moto y viajar por el país a cambio de sólo dos horas y media de trabajo al día. Un compañero de reparto, Robert Henderson, me dijo que si me decidía por la interpretación debía entrenar mi voz y adquirir una educación. ` ¿Cómo se logra eso a los 23 años?', le pregunté. `Tienes que leer', me dijo, `para sentar las bases del entendimiento de las cuestiones fundamentales de la interpretación'".

Sean amaba el fútbol tanto casi como la interpretación, oficio en el que le quedaba un arduo trabajo de estudio por delante, pero pensó que a un tipo con 23 años solo le restaban siete años para dedicarse al oficio de jugador, mientras que en el arte de la interpretación si la dedicación es plena, y la preparación concienzuda, podría trabajar en ello durante toda una vida. Thomas Sean Connery, eligió, la interpretación, los libros, el teatro, el cine, James Bond pudo ser del United, pero Connery al que aún le quedaban unos años para interpretar al agente 007, optó por su intuición y la elección más difícil, pero sin duda la más acertada para su esplendoroso futuro como actor.

Connery leyó ávidamente todo lo que no había leído en 23 años de vida, encomendó su vida al Séptimo arte y lo hizo tan bien que se consagró como uno de esos pocos intérpretes de los que se puede asegurar que dignificaron plenamente el arte de ser actor. En la segunda mitad de la década de los cincuenta inició el periodo de aprendizaje que todo actor precisa para dominar la escena, los registros. Debutó en el cine con películas como "Ruta Infernal" (1957) de Cy Endfield, "La Frontera Del Terror" (1957) de Terence Young, "Brumas De Inquietud" (1958) de Lewis Allen o "La Gran Aventura De Tarzán" (1958) con Gordon Scott en el papel de hombre mono bajo dirección de John Guillermin.

Sería en cambio en la década de los sesenta cuando su carrera tomaría una dimensión estelar propiciada por su interpretación del Agente 007, James Bond. En 1962 encarnó por primera vez a James Bond en la película "007 Contra El Doctor No", mítico primer título dedicado a la serie del agente británico dirigido por Terence Young y co-protagonizado por Ursula Andress. Luego vendrían "Desde Rusia Con Amor" (1963) de Young, "James Bond Contra Goldfinger" (1964) de Guy Hamilton, "Operación Trueno" (1965) de Young, "Sólo Se Vive Dos Veces" (1967) de Lewis Gilbert, "Diamantes Para La Eternidad" (1971) de Guy Hamilton y "Nunca Digas Nunca Jamás" (1983) de Irvin Kershner.

En la década de los setenta encontró la madurez, títulos como "La Ofensa" (1973) de Lumet, "Zardoz" (1974) de John Boorman, "Asesinato En El Oriente Express" (1974), de nuevo dirigido por Lumet, le sirvieron para evolucionar. Pero para Connery hubo sin duda un momento decisivo en su carrera, vivido en 1975, cuando un relato corto del escritor Rudyard Kipling, fue elegido por el director John Houston para hacer una verdadera joya del cine de aventuras, para la que contó con el actor escocés, demasiado encasillado en el papel de 007. Un filme protagonizado por Sean Connery, Michael Caine y Christopher Plummer y posiblemente la película de sus vidas. "El Hombre Que Pudo Reinar" constituye su recuerdo más pleno del cine, los tres actores estuvieron fantásticos, de Caine y Plummer poco se puede decir, es mejor que lo vean, pero lo de Connery en el papel de Daniel Dravot es sencillamente sublime, contribuyendo con su interpretación a imbuirnos en mil peripecias y el amargo final de un filme que hace bueno el dicho de que ya no se hacen películas como las de antes…

Su dilatada experiencia como actor se amplió en aquellos años setenta con "El Viento y El León" (1975) de John Millius, "Robin y Marian" (1976) de Richard Lester, “Un puente lejano” de Richard Attenborough (1977) "El Primer Gran Asalto Al Tren" (1979) de Michael Crichton o "Cuba" (1979), de Richard Lester, y “Bandidos del Tiempo” de Terry Gilliam (1981)

Más allá de toda duda, de su capacidad interpretativa, de su seducción constante a la cámara, la naturalidad y el buen hacer el actor escocés, Connery supo envejecer sabiamente, eligió magníficamente bien el rumbo que quería para su última etapa, en la que de la madurez, pasó a la consagración como una de las leyendas del cine. Para todo aquel que ame el Séptimo Arte, Connery representa a uno de esos personajes rotundos, magnéticos, cuya sola presencia en un filme impone respeto y admiración. Es el Rey Arturo de la profesión, un sabio autodidacta que con trabajo, estudio y dedicación, supo extraer la vieja y mítica espada Excalibur de la interpretación. Su trabajo en "El Nombre De La Rosa" (1986) de Jean-Jacques Annaud, es sencillamente extraordinario. Guillermo de Baskerville no podría haber sido mejor encarnado, sublime Connery de fraile franciscano con pasado inquisidor, con aura de Conan Doyle y su Sherlock Holmes.

De esta etapa sobresalen "Los Inmortales" (1986) de Russell Mulcahy, a la que siguió "Los Intocables De Eliot Ness" (1987) de Brian de Palma, donde dejó su impronta de grande del celuloide, película que le valió un Oscar al mejor actor de reparto con ese papelazo de Jim Malone. Los otros candidatos eran Denzel Washington por "Grita Libertad", Vincent Gardenia por "Hechizo De Luna", Albert Brooks por "Al Filo De La Noticia" y Morgan Freeman por "El Reportero De La Calle 42".

Luego llegó "Indiana Jones y La Última Cruzada" (1989), película de Steven Spielberg en la que encarnando a Henry Jones Sr. (padre de Indiana), logró hacer lo más complejo: restar protagonismo a Harrison Ford. En "La Caza Del Octubre Rojo" (1990) de John McTiernan pudimos disfrutar de un imponente comandante Marko Ramius, "La Casa Rusia" (1990) de Fred Schepisi, "Los Últimos Días Del Edén" (1992) de McTiernan, "La Roca" (1995) de Michael Bay o "La Trampa" (1999) de Jon Amiel.

En julio de 2000 la reina Isabel II le nombró Knight Bachelor, el título más antiguo de Gran Bretaña. Quizás con sus últimas películas acumuló una serie de decepciones puesto que las producciones para las que trabajó no tuvieron el éxito esperado. Pese a ello en “El primer caballero” dirigida por Jerry Zucker (1995) pudimos verle encarnar a un majestuoso Rey Arturo. Filmes como “Los vengadores” de Jeremiah Chechik (1998), “Descubriendo a Forester” de Gus Van Sant (2000) y “La Liga de los hombres extraordinarios” de Stephen Norrington (2003) completan la inmortal carrera de un hombre que eligió un retiro voluntario en su mansión de Las Bahamas, eligió la soledad como mejor compañera para fomentar su gran afición a la lectura y la creatividad pictórica de su mujer Micheline Roquebrune.

En Bahamas sentado sobre un diván, con un Martini seco sobre la mesa, el mejor Bond se dedica a descubrir entre los viejos libros y pasadizos de su vida cuál será su próxima aventura, qué villano será capaz de alterar su retiro dorado, su serena e imponente vejez. Entre aquellas páginas inolvidables de una vida dedicada a la interpretación, con Guillermo de Baskerville bajo su piel y Daniel Dravot reinando en el trono del Séptimo Arte, envejece sabiamente Sean Connery, caballero del cine que entendió como nadie el arte de ser actor.

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